MENSAJE DEL RECTOR MAYOR
A LOS JÓVENES DEL MJS 2007
Queridos jóvenes,
sucesor de un soñador, yo también he tenido un sueño y os lo quiero contar, con la misma sencillez y confianza con la que nuestro padre don Bosco se los contaba a sus jóvenes en las buenas noches de Valdocco.
He soñado que él mismo os escribía personalmente este mensaje, casi como una nueva Carta desde Roma. Yo le he prestado solo mi mano (y mi ordenador).
He aquí, pues, el mensaje de don Bosco. Leedlo con la misma sencillez y amor de sus jóvenes.
Un cordial saludo también de mi parte
Queridos jóvenes,
Aunque lejano en el tiempo, pienso en vosotros y os siento cerca con vuestros deseos de vivir y de ser felices. Sostengo con mi oración vuestras mejores aspiraciones y os acompaño en vuestros momentos difíciles.
Sois mi vida, y por eso estas palabras son las de quien os ama tiernamente en el Señor Jesús.
Quisiera tener el amor tierno y fuerte de mi madre Margarita para hablar a vuestro corazón de hijos y comunicaros aquella gran pasión por la vida que ella me transmitió desde niño. En su corazón de madre latía el corazón de Dios, amante de la vida; aprendí a reconocerlo en la resplandeciente y cálida luminosidad de las salidas y puestas del sol, como también en el pobre que llamaba a la puerta de casa. Mamá encontraba siempre las palabras precisas y los gestos más adecuados para desvelar con sencillez el amor que envolvía la vida. Un amor que compensaba el dolor y curaba, incluso, la herida profunda abierta por la muerte de mi padre.
Os hablo, queridos jóvenes, con estas mismas palabras tiernas y fuertes. La vida es el don más precioso que habéis recibido: respetad, defended, amad y servid la vida, toda vida y la vida de todos!
Dios, apasionado de la vida, no tolera que se mercantilice la vida del hombre. Los seres humanos no son una mercancía. Ha habido tiempos, y desgraciadamente aún no han terminado, en los que se vendían y compraban los seres humanos. Sucedía en las calles de Valdocco, como sucede hoy en las plazas y en las calles de vuestras ciudades.
No he olvidado lo que vi en las cárceles y en las calles, en la terrible realidad de cada día. Cambió mi vida: decidí gastarla para liberar a los jóvenes de todas las cárceles, tanto de las materiales como de las de la soledad, de la tristeza, de la ignorancia, de la delincuencia, de la desorientación, de la desesperación.
Mis tiempos eran triste, pero también vosotros vivís acontecimientos dramáticos en los que, una vez más, domina el desprecio por la vida humana, la violencia terrorista, el abuso y explotación de niños y mujeres. Ante tal realidad no podéis permanecer indiferentes, sobre todo como jóvenes. De vosotros debe nacer una nueva energía, un movimiento que comunique la pasión de Dios por la vida del hombre.
Quiero mostraros, queridos jóvenes, el camino para responder a esta misión y para vivir una vida plena, feliz y fecunda. El secreto está en la amistad con Jesucristo. En Él se manifestó la misericordia y la ternura del Dios que ama la vida. Entró en el corazón de la realidad humana, única y maravillosa; gastó toda su vida liberando, salvando y dando vida a los oprimidos por cualquier clase de mal; conoció la alegría, la amistad, pero también el dolor, la persecución y la muerte. Dando la propia vida por amor y resucitando de la muerte, inició una vida plena y para siempre.
Su resurrección es como la erupción de un volcán que demuestra que en el interior del universo arde ya el fuego de Dios, que ya actúan en él las nuevas fuerzas vitales de una tierra transfigurada.
Para comprender y vivir este misterio que está en el corazón de la vida, queridos jóvenes, tenéis que alzar la mirada.
«¿Qué ves Jeremías?», pregunta el Señor al profeta. «Veo una rama de almendro» (Jer 1,11-12). El almendro es el árbol que florece primero y anuncia la primavera. La mirada vigilante permite al profeta de entrever lo invisible en la rama florecida. Sólo esa mirada atenta y vigilante puede captar el milagro, el misterio profundo de la vida; tenéis que estar vigilantes, con los ojos atentos e iluminados por la fe.
Alzad los ojos de la distracción cotidiana que os lleva a un vacío existencial, comenzad a dar vida a la parte más profunda y más íntima de vosotros mismos, dedicad tiempo a la oración que os revelará la profundidad del corazón de Dios y de vuestro mismo corazón de hombres y mujeres. De lo más profundo de vuestra alma sacaréis un nuevo sentido de las cosas, una visión más amplia de la historia, la fraternidad que nace del corazón del Cristo Resucitado y que se manifiesta en la Iglesia. Ella es el “sacramento” de la misericordia de Dios en este mundo. Es la casa del Dios accesible, cálida y acogedora, el lugar de la escucha del sufrimiento del hombre, en particular de los jóvenes y de los pobres.
Vuestra sociedad, al menos la occidental, es muy rica, pero debe enfrentarse con las nuevas pobrezas. Y la Iglesia no puede situarse en otro lugar sino es al pie de la cruz de Jesús, fuente de resurrección. Su lugar es cerca de los pequeños, de la gente cansada y herida, de aquellos que no cuentan o se ven marginados de la caravana triunfal del progreso. Cristo, una vez más, es crucificado fuera de la ciudad, en los márgenes de la historia. La Iglesia “samaritana” debe estar allí: los pobres son su “tierra santa”. Y esta tierra santa es el terreno fecundo de vuestro compromiso juvenil.
La Iglesia debe hacer visible y trasparente la belleza y el amor del Dios que quiere vivir hoy entre nosotros. Y vosotros, queridos jóvenes, tenéis que construir esta Iglesia como Cristo la quiere, rostro de la misericordia del Dios de la vida.
Este es el camino que quise enseñar a mis queridos jóvenes de Valdocco y que os invito a construir en vuestros ambientes juveniles. Valdocco no era un espacio anónimo como la calle, sino un hogar acogedor, un ambiente lleno de humanidad, rico de valores y del calor de la familia. Mi madre Margarita volcó en él toda su solicitud y ternura de madre; yo todo el amor de padre. Como un verdadero padre de familia, di a mis hijos una casa, vestido, pan, trabajo, instrucción, diversión. Asumí con tanta pasión esta misión que pedí al Señor que me concediera encontrar y acoger a muchos jóvenes, y que me librara de todo lo que me separara de sus intereses.
El oratorio se convirtió en un lugar de vida y de encuentro para los jóvenes, en el que sus expectativas e iniciativas, su lenguaje y su protagonismo encontraron acogida, promoción y espacio.
Iban progresando en la verdadera madurez como hombres y como cristianos, entusiasmados por vivir dentro del espíritu de libertad del Evangelio. Una prueba de ello son las vigorosas personalidades que maduraron en Valdocco: desde Domingo Savio y Miguel Magone hasta los grandes pioneros de las misiones, Cagliero, Lasagna, Costamagna, Fagnano, y tantas otras figuras extraordinarias.
Educaba la libertad y la creatividad de mis jóvenes: los quería conscientes de las motivaciones de sus decisiones; daba todo el espacio debido a la razón; multiplicaba las lecciones de catecismo y las buenas noches, en las que explicaba porqué y cómo se debía creer. Quería muchachos decididos en sus opciones, sin respeto humano. Los impulsaba a tomar iniciativas en todos los campos. No los mantenía encerrados por miedo al mundo. Nos abríamos con coraje a las parroquias, a las necesidades de la ciudad, de la Iglesia, del mundo. Era un ambiente increíblemente rebosante de vida y de entusiasmo. Éramos conscientes de poder cambiar el mundo, y el amor que nos unía era un signo de ello.
Sueño con que toda obra salesiana sea como mi primer oratorio, y pienso en vosotros para hacerlo realidad. Mi sueño es ver que los jóvenes encuentran a Cristo y en él encuentran el sentido y el gozo de la vida, la respuesta a sus expectativas e ideales, su lugar en la Iglesia y en el mundo. Mi sueño es veros a vosotros, jóvenes del tercer milenio, como riqueza del presente, desarrollando vuestros talentos y vuestras energías de bien, invirtiendo en el servicio a los demás, para rejuvenecer la sociedad y la Iglesia. Mi sueño es veros misioneros de vuestros amigos, haciendo visible en los acontecimientos de cada día el rostro de Cristo en el que todos se reconozcan.
Este sueño se concreta en mi compromiso y en el de toda la Familia Salesiana de ser siempre, con más claridad y más explícitamente, promotores de la cultura de la vida, contra todo lo que puede amenazarla o disminuirla, portadores del amor de Dios, padres y maestros de espíritu, guías inteligentes y capaces de acompañaros en la búsqueda de proyectos de vida nobles y atrayentes.
En este compromiso contad siempre con la ayuda materna de la Auxiliadora, la Virgen de los tiempos difíciles, que ha sido para mí una Madre y una Maestra y que ha prometido tomar bajo su particular protección a cuantos entran en una casa salesiana. Entregaos a Ella con toda confianza y veréis también vosotros florecer los milagros en vuestra vida.
Queridos jóvenes, sentidme siempre cercano a vosotros; mi deseo es el de veros felices ahora y para siempre, siguiendo el camino de las bienaventuranzas evangélicas, para poder participar todos juntos en la gran fiesta de la vida en el cielo.
Turín, 31 enero 2007
